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miércoles, 4 de febrero de 2026

SABORES QUE SE QUEDAN PARA SIEMPRE. EVOCADORES

 


Según algunos psicólogos recordamos más las sensaciones que los datos, sobre todo si las sensaciones son evocadoras. De eso doy fe.

La primera sensación de la que os voy a hablar es la que tuve recién llegado a mis vacaciones en Pozoblanco (Córdoba). Paseando fui a parar a La Casa del Jamón y como había oído hablar del famoso jamón de Los Pedroches quise probarlo. Me coloqué, en una mañana soleada, en la terraza. Basculé la silla y me dispuse a disfrutar del jamón ibérico y del queso manchego que me sirvieron, mientras veía pasar frente a mi los coches que cruzaban la localidad. Fue una sensación inolvidable. 



Estamos hablando de hace diecisiete meses y todavía, cerrando los ojos, puedo saborear aquel delicioso plato. Ese recuerdo me lleva a los tres magníficos meses que pasé aquel otoño en Pozoblanco y que me reafirmaron en mi decisión de volver, esta vez para vivir allí definitivamente. Estoy en ello.

La otra foto es de una ración de pulpo á feira que saboreé en mi Coruña durante la celebración de A feira das maravillas, el veintiseis de julio de 2025. Cansado de moverme en mi silla y siendo la hora de comer, pedí el pulpo y una Coca-Cola (perdón por el sacrilegio). Desde ese momento el recuerdo de mi Coruña  me sabe a pulpo.

Son dos sabores tremendamente evocadores, que forman parte de mi pasado y que nunca, pase el tiempo que pase, me abandonarán. Me imagino que con el tiempo La Coruña formará parte de mi mejor pasado y Pozoblanco de mi mejor presente.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

UN PEQUEÑO CAPRICHO CORUÑÉS

 


Recuerdo con especial fruición la visita a La Coruña del primer sábado del pasado mes de octubre cuando, paseando por la calle Real, fui a parar a un restaurante llamado A Mundiña

Para mi era nuevo, no lo conocía, pues dejé de vivir en Coruña en 2013. De todas formas no habría entrado en aquella época. Cuando vivía allí, era frecuentador de hamburgueserías y adicto a la comida rápida devorada rápidamente.

Tenía muy buena pinta y la entrada era adaptada. Los camareros muy educados y perfectamente uniformados. Yo quería ir a la parte de arriba y, para mi sorpresa, ¡había un ascensor adaptado!

Estaba solo y un camarero se acercó, muy amable, con la carta. No recuerdo los platos. Solo un delicioso solomillo, tan blandito... Disfruté de aquella carne y también de las vistas, tan distintas, de una calle que había recorrido cientos de veces, años atrás.

Al salir del restaurante no pude sino recordar los versos de Neruda:

Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.


No fue barato, pero el pequeño capricho coruñés bien mereció la pena.

miércoles, 12 de febrero de 2025

CORDERO A LA SEFARDÍ EN LA JUDERÍA DE CÓRDOBA

 


Recuerdo con nostalgia mis visitas a Córdoba (a la que espero volver algún día). Me gustaba pasear por la judería, un auténtico viaje a la Edad Media. Me gustaba perderme en sus callejuelas y preguntar a los cordobeses por mi lugar de destino en la ciudad.

En cierta ocasión, una amiga cordobesa me habló del restaurante Casa Mazal, donde me recomendó que pidiera cordero a la sefardí. Despertó mi curiosidad y mi vena pro-judía. Y en una de mis visitas me topé con él casualmente al girar a la izquierda en un estrecho callejón.

Era un lugar luminoso, con un patio decorado con macetas de flores en las paredes blancas y con arcos que delimitaban un patio típico cordobés. Un paraíso para la vista.

El lugar era pequeño, aunque al tratarse de un día de diario estaba casi vacío. Y muy accesible para los que como yo vamos en silla de ruedas, lo cual es de agradecer.

Comí evidentemente en ese patio.

Había un extraño objeto cilíndrico justo a mi lado. Le pregunté con malicia al camarero que qué era, a lo que contestó: 

- Un pozo, un legado sefardí.




Me fijé en la carta. De primero, salmorejo Tres Culturas y de segundo, como no, cordero a la sefardí. De postre, el famoso pastel cordobés. No era barato pero para un capricho no estaba mal.

El salmorejo Tres culturas estaba delicioso, pero el cordero a la sefardí -con el contraste entre la miel dulce y el cordero ligeramente salado- era mágico. Se deshacía al cortarlo. Saboreé con sumo gusto la comida, deleitándome también con la decoración muy cordobesa.


En pleno éxtasis gastronómico, mandé llamar al cocinero. Tras felicitarlo por tal obra de arte, le pregunté la receta -sin ánimo de imitarlo, pues yo en la cocina soy muy torpe. El cocinero, agradecido por mis halagos, me habló de la receta:

- Lo primero son los ingredientes: dos kilos de cordero en trozos grandes, cuatro cebollas, seis cabezas de ajos, un vaso de aceite de oliva virgen extra, cuatro cucharadas de Montilla Moriles, una copa de vino Fino Peseta u otro Montilla, medio vaso de miel de la sierra, agua, una ramita de romero y otra de tomillo, unos granos de pimienta negra y sal.

También me contó cómo se preparaba: se ponen en la cazuela los ajos picaditos junto al aceite y, una vez dorados, la cebolla a la olla, también bien picadita. Pasados cinco minutos agregar los trozos de cordero, el vinagre, el vino y los demás condimentos menos la miel. Cuando reduzca el vino ponemos la miel, removemos y cubrimos con agua, pero siempre tiene que quedar un dedo por encima del agua. Vamos añadiendo más agua si hace falta hasta que el cordero quede tierno, de 40 a 80 minutos. Rectificamos de sal y servimos con patatas fritas.

Y el resultado es una maravilla gastronómica, un viaje a lo mejor de la cocina sefardí.