He tenido la suerte, la inmensa suerte, de acudir, durante cuatro días, al taller de escritura narrativa que Marina Mayoral ha impartido en la Biblioteca "Gonzalez Garcés" de La Coruña.
Siempre hay nervios y una sensación extraña cuando un lector se acerca, por primera vez, a un autor al que ha leido y conoce solo por la contraportada de sus libros. Si, además, se trata de una escritora consagrada de la que aprender, la sensación se acentúa.
Marina Mayoral(Mondoñedo, 1942), catedrática de literatura prestigiosa y escritora de indudable éxito, no necesita demostrar nada. Si se presta a impartir estos talleres es por amor a la escritura y ganas de ayudar.
Esta mujer de aspecto frágil, voz pausada y dulce, maneras elegantes y sentido del humor inteligente, sorprende por su humildad. Domina el auditorio sin tener que elevar la voz. No necesita artificios deslumbrantes para demostrar lo que sabe. Posee una mente privilegiada, cultivada a través de años de estudio, lectura y docencia. Su capacidad para corregir, en segundos, relatos que el alumno lleva horas elaborando, es asombrosa. Porque además los mejora.
Durante el curso nos habló de la voz narradora, del narratario, del tempo de una historia, de los espacios narrativos y de la construcción de personajes. Todo ello trufado con ejercicios para implicar al alumno en el curso. Para ello se vale de grandes autores como Azorín, Pardo Bazán, Cortázar, Proust , Pérez Reverte, etc.
Han sido cuatro días que han pasado demasiado rápido y me han dejado un buen sabor de boca. Además me he reencontrado con antiguos amigos, aficionaods a la escritura como yo. En fín, me queda el consuelo de que el 24 de este mes podremos volver a juntarnos para asistir a la presentación de "Deseos", la última novela de la creadora de la inolvidable Brétema. Al despedirnos me dijo: sigue escribiendo, lo has hecho bien. Pienso que el comentario se debe más a su generosidad que a mis méritos. Sin embargo, en este mundillo, en el que abunda la mezquindad de los pequeños es agradable experimentar la generosidad de los grandes. Gracias, Marina.
viernes, 6 de mayo de 2011
jueves, 5 de mayo de 2011
El Autoodio
Hace unos días, un opinante nacionalista atizaba a los críticos con el gastado insulto del autoodio. Nosotros nos autoodiamos, explicaba, pues no compartimos el espíritu nacional gallego. Y este insulto nos conduce de lleno a unas cuantas paradojas. Tradicionalmente, el nacionalismo ha rastreado la historia para acopiar glorias y honores para su tribu. Nuestro nacionalismo, en cambio, está obsesionado con hallar en el pasado cualquier rastro de humillación y oprobio. El ejemplo paradigmático es esa historieta que nos contaban nuestros profesores de gallego, la de que el cronista Zurita había hablado de la «castración de Galicia». A pesar de que es mentira (la palabra la inventó Castelao en las cortes republicanas), el nacionalismo la ha difundido con deleite enfermizo. Y, sin embargo, somos nosotros, los que preferimos encontrar gallegos surcando mares lejanos y asaltando reinos extranjeros, los que nos autoodiamos.
¿Y qué decir de nuestra cultura? Somos muchos los que hacemos nuestros a todos los gallegos que han acrecentado el espíritu mediante la literatura, ya sea en latín, en gallego o en castellano. Desde Francisco Sánchez a Torrente Ballester, pasando por Rosalía. El nacionalismo, por su parte, etiqueta como renegados a quienes han preferido escribir en español. Y considera ajenas a la cultura gallega obras tan propias como Los Pazos de Ulloa, las Sonatas de Valle, La Saga/Fuga de JB o la Mazurca de Cela. Sin embargo, asómbrense, somos nosotros los que nos autoodiamos.
Es que odiáis vuestra lengua, nos insisten. Según parece, nuestra lengua no es aquella que hemos mamado en la cuna, sino la gallega. Así aseguran, por más que muchos tengan como lengua materna la misma que yo, el castellano. De ahí esa paradoja entre el joven nacionalismo: odian y desprecian la lengua que mejor hablan, la lengua que apenas se despistan brota de su boca. Se abrazan a una superstición nominalista (en Galicia, en galego) y reniegan de la lengua que surge espontánea de sus labios. Allá ellos si mutilan su capacidad expresiva, obnubilados por antiguallas teóricas del romanticismo alemán (la lengua como alma del pueblo). Pero, por favor, que no insulten a quienes escuchamos con sonrisa escéptica toda esta retórica. Palabras como Tierra, Patria y Pueblo no pueden pronunciarse en serio en el siglo XXI.
El autoodio, nos explica Wikipedia, es un concepto surgido en los albores del nacionalismo judío. Pero, en el fondo, es una idea que no suena nueva entre nosotros. Recuerda mucho a la Antiespaña de la que hablaba el nacionalismo franquista. Creíamos superados esos tiempos, en los que una parte del país se arrogaba el derecho a hablar por todos. No lo están. El mismo espíritu pervive. Sólo ha cambiado la bandera que justifica la exclusión de los disidentes.
Andrés Freire
Artículo publicado en ABC el 13 de Abril de 2011
¿Y qué decir de nuestra cultura? Somos muchos los que hacemos nuestros a todos los gallegos que han acrecentado el espíritu mediante la literatura, ya sea en latín, en gallego o en castellano. Desde Francisco Sánchez a Torrente Ballester, pasando por Rosalía. El nacionalismo, por su parte, etiqueta como renegados a quienes han preferido escribir en español. Y considera ajenas a la cultura gallega obras tan propias como Los Pazos de Ulloa, las Sonatas de Valle, La Saga/Fuga de JB o la Mazurca de Cela. Sin embargo, asómbrense, somos nosotros los que nos autoodiamos.
Es que odiáis vuestra lengua, nos insisten. Según parece, nuestra lengua no es aquella que hemos mamado en la cuna, sino la gallega. Así aseguran, por más que muchos tengan como lengua materna la misma que yo, el castellano. De ahí esa paradoja entre el joven nacionalismo: odian y desprecian la lengua que mejor hablan, la lengua que apenas se despistan brota de su boca. Se abrazan a una superstición nominalista (en Galicia, en galego) y reniegan de la lengua que surge espontánea de sus labios. Allá ellos si mutilan su capacidad expresiva, obnubilados por antiguallas teóricas del romanticismo alemán (la lengua como alma del pueblo). Pero, por favor, que no insulten a quienes escuchamos con sonrisa escéptica toda esta retórica. Palabras como Tierra, Patria y Pueblo no pueden pronunciarse en serio en el siglo XXI.
El autoodio, nos explica Wikipedia, es un concepto surgido en los albores del nacionalismo judío. Pero, en el fondo, es una idea que no suena nueva entre nosotros. Recuerda mucho a la Antiespaña de la que hablaba el nacionalismo franquista. Creíamos superados esos tiempos, en los que una parte del país se arrogaba el derecho a hablar por todos. No lo están. El mismo espíritu pervive. Sólo ha cambiado la bandera que justifica la exclusión de los disidentes.
Andrés Freire
Artículo publicado en ABC el 13 de Abril de 2011
miércoles, 4 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
¡25.000 Visitas!
Esta tarde hemos rebasado las 25.000 visitas. No está mal, tras 22 meses de trabajo tenemos una media de 38 visitas diarias- hace un años teníamos 23-. Gracias a los seguidores y gracias, también, a los visitantes. Seguimos viento en popa.
Arturo Pérez-Reverte (n.1951)

La tarde en la que acabó el mundo
"La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás
Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban.
El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día.
Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos.
Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz."
XLSemanal - 18/4/2011
Para Safo
XLSemanal - 18/4/2011
Para Safo
lunes, 2 de mayo de 2011
El "Iskra"
El "Iskra" pertenece a la Escuela de Nautica de Gdynia, Polonia. Fué diseñado por el prestigioso ingeniero naval Zygmunt Choren, con un patrón parecido al "Pogoria" de 1980, el bergantin bulgaro "Poliakra" de 1984 y el polaco "Oceania" de 1985, cuenta con tres palos y tiene la popa cuadrada.
Su aspecto es singular pués, además de la popa cuadrada, tiene una vela bermuda en el mesana.
Es asiduo a las regatas internacionales y ha participado en numerosos encuentros de grandes veleros y ha cruzado el Cabo de Hornos en Noviembre de 1995.
Su pue esla misma Escuela de Nautica. Su velamen lo clasifica como bergantín. Fué construido en el año 1982 en el Astillero Stocznia Gdanska de Gdansk. Mide 49 mts de eslora, 8 de manga y 3.7 de calado.
Su superficie vélica es de 955 mts2.
Cuenta con casco de acero que puede ser impulsado motor PS 310 diesel
Su aspecto es singular pués, además de la popa cuadrada, tiene una vela bermuda en el mesana.
Es asiduo a las regatas internacionales y ha participado en numerosos encuentros de grandes veleros y ha cruzado el Cabo de Hornos en Noviembre de 1995.
Su pue esla misma Escuela de Nautica. Su velamen lo clasifica como bergantín. Fué construido en el año 1982 en el Astillero Stocznia Gdanska de Gdansk. Mide 49 mts de eslora, 8 de manga y 3.7 de calado.
Su superficie vélica es de 955 mts2.
Cuenta con casco de acero que puede ser impulsado motor PS 310 diesel
domingo, 1 de mayo de 2011
Carta Abierta al Presidente de la Fundación Pedro Barríe de la Maza
Estimado Sr.:
Le escribo, muy a mi pesar, para protestar por lo que me ha sucedido durante la celebración del último Festival de Jazz patrocinado por su fundación.
Debo, en primer lugar, aclararle que soy un discapacitado. Las secuelas de mi enfermedad me impiden permanecer de pié mucho tiempo y, por lo tanto, guardar mi turno en la larguísima cola que se forma a las puertas de su sede.
Por otra parte me considero un buen aficionado al Jazz, esperando con ilusión el festival que patrocina su fundación; festival que, por ser gratuito y por orden de recogida de invitación, me he perdido muchos años. Hubo otros años en que, puesto en contacto con su servicio de protocolo, se me informó de que había localidades reservadas para discapacitados y que estos no tendrían que guardar la mencionada cola.
Me extraña que, tratándose de personas con dificultades de movilidad, se nos obligue a recoger una invitación para cada uno de los conciertos, y no podamos hacerlo de una vez para todos.
Pero, cual no sería mi sorpresa cuando, al solicitar la entrada para el tercer concierto, la persona con la que hablé- lo que, por cierto, me costó toda una mañana pegado al teléfono- me informó de que para ese concierto y los sucesivos, de esta edición, no había entradas reservadas. Se me puso como excusa que los conciertos se celebrarían en la sede de la fundación, con aforo mas limitado. Es decir que, en vez de reservar un porcentaje de localidades para minusválidos, como se hace en otros sitios, se me venía a decir que solo se contaba con nosotros si había sitio.
Debería acostumbrarme a formar parte de este colectivo, que tiene, a menudo, que "pedir perdón por molestar"- Pero no me resigno. Estoy seguro de que su fundación tiene proyectos de apoyo a la discapacidad. Serán programas muy costosos, seguro. Por eso no entiendo que fallen en algo tan elemental como reservar, sin coste adicional alguno, unas cuantas butacas para personas que amamos el Jazz pero no podemos ir a los conciertos que organiza su Fundación.
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