Está allí. Siempre estuvo allí. En mis recuerdos. En mi lejana adolescencia.
Se trata de un lugar coruñés por excelencia, donde me refugiaba yo en los primeros años ochenta del siglo pasado. Escapaba de mi propia soledad. En el recreo del colegio donde estudiaba, Santo Domingo, o jugabas al fútbol o eras invisible. Así que yo, que nunca fui futbolero, con frecuencia me dirigía a la Plaza de las Bárbaras.
Todavía me acuerdo como, a media mañana, me apoyaba en la pared del convento, en la que daba a la Plaza. No siempre conseguía huir de la soledad, pero su belleza era un bálsamo todopoderoso para mis heridas emocionales.
El nombre de la plaza es debido a que allí parece ser que existió una pequeña ermita dedicada a Santa Bárbara. Hoy está el Convento de clausura de las Madres Clarisas, fundado en el siglo XV y ampliado en los siglos XVII y XVIII. Sobre su puerta principal destaca un relieve gótico y en el que se representa el Juicio Final.
La plaza es encantadora gracias a su diseño, los árboles y el crucero. Tiene la magia de la intimidad, de lo antiguo. Es uno de los vacíos más especiales de La Coruña. Es fácil encontrar allí una atmósfera intimista; por eso a mí me gustaba para aliviar mi sempiterna soledad apoyado en uno de sus muros y contemplando el vacío de la plaza. No es un vacío hueco, pero remarca el sentimiento de ausencia.
El verano pasado quise volver y así lo hice y, aunque yo ya no soy el mismo (como advertía Neruda), volví a encontrar ese encanto coruñés. Un encanto que volveré a sentir al contemplar esta foto, vaya a donde vaya, aunque sea a cientos de kilómetros de la Plaza de las Bárbaras. En mi Coruña.

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