Esto fue lo que pensé cuando, apalancado en una terraza de Córdoba, vi como ante mi discurría el Guadalquivir. Había oído hablar de ese río y de esa ciudad, pero lo que no sabía es que contemplando el río desde la terraza de una taberna de Córdoba se podía ser feliz.
Sería cerca del mediodía. Era noviembre de 2024, pleno otoño. Solo en Córdoba se puede saborear lo que yo paladeé ese día cerca de la legendaria Mezquita.
Basculé mi silla hacia atrás, cerré los ojos, sentí el sol cordobés que, aún en esa época del año, calentaba mi cara. Me reafirmé en mi certeza: Córdoba es mi casa. Aquel lugar al que siempre quería regresar.
Con el ruido del río discurriendo ante mí hice una promesa: pasara el tiempo que pasara y me costara lo que me costara, volvería.
En ello estoy, más cerca de conseguirlo que cuando comencé las gestiones. Voy a volver, voy a contemplar de nuevo el río Guadalquivir. Y a las camareras cordobesas atendiendo de manera encantadora mi mesa, con una sonrisa todavía más reconfortante que el sol, acento cálido y hermosas cual sirenas. Entendí cómo debían sentirse los marineros de las leyendas grecolatinas cuando se dejaban cautivar por los cantos de esos seres mitológicos.
Entonces el río me habló: Volverás, has encontrado tu casa y ya no podrás olvidarla. Volverás.
Y en ello estoy.

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