Me llamo Paul Granger y voy a morir. No quiero hacerlo con esta culpa, por eso voy a contar mi historia para calmar mi conciencia de centenario.
Yo estaba allí. Sobrevolé la zona en un bombardero. El día anterior el jefe de nuestro escuadrón nos reunió para el briefing de la incursión. Íbamos a atacar un objetivo estratégico en la costa de Italia. Todos nosotros éramos muy jóvenes. La guerra nos cogió acabando la carrera en Oxford. La mayoría allí éramos historiadores. Nunca pensamos llegar a eso: íbamos a destruir lo que tanto habíamos deseado volver a visitar: las ruinas de Pompeya.
Nos miramos, nuestro rostro estaba blanco. Yo, por mi parte, estaba más afectado si cabe. Había terminado hacía poco mi licenciatura en Historia y estaba preparando mi doctorado. Antes de la guerra me había desplazado con algunos compañeros a Italia. ¡Cómo nos gustaba Italia! Era cálido, tenía mujeres bonitas y el Mediterráneo era un paraíso para los que veníamos de Dover. Además, tenía un vino barato y delicioso.
Nosotros planeábamos pasar el verano de 1939 en Nápoles, desde donde pensábamos incursionar hasta Pompeya, esa misteriosa ciudad cuyas ruinas eran un paraíso para cualquier estudiante de arqueología. Allí tuvimos tiempo de todo: estudiar el yacimiento, bañarnos en el Mediterráneo, probar los caldos de la zona y a las imponentes ragazzas, también deliciosas.
Pero el verano terminaba y a finales de agosto volvimos a Inglaterra. Cuando llegamos a casa nos encontramos con la guerra. Nos alistamos todos en la RAF. Muchos de mis compañeros pidieron servir en el Mando de Caza para hacer frente a los alemanes. Yo me alisté en el Mando de Bombardeo: quería devolver a los alemanes sus visitas a Londres durante el Blitz.
Lo siguiente que recuerdo fue ser destinado a Túnez, a principios de los años 40, donde formé parte de la tripulación de un Lancaster. Aquella decisión me llevó, en el año 43, a asistir a esa reunión que nunca olvidaré.
Nos dijeron que por las ruinas de Pompeya transcurría una ruta muy importante para los alemanes, donde se escondían fuerzas enemigas para impedir el avance de los aliados. Posteriormente descubrimos que esto era mentira, aunque nosotros entonces no lo sabíamos. Después Londres anunció que había sido un error y que no volvería a pasar. Pero semanas más tarde se repitió el ataque.
Yacimiento de Pompeya |
Esta yacimiento había comenzado a ser excavado nada menos que en 1738 por Carlos III de España, en aquel momento rey de Nápoles, que encargó a Roque Joaquín de Alcubierre, un ingeniero militar español, iniciar los trabajos.
La segunda visita militar la hicimos nosotros y no fue precisamente constructiva.
Aún con nuestro rechazo como historiadores, despegamos de Túnez. Sobrevolábamos aquel mar que en el pasado había sido testigo de nuestra pasión por las italianas. Sumergido en estos recuerdos me encontraba cuando oí la voz del piloto:
- Muchachos, preparaos. Faltan unos minutos para el objetivo.
Volví a la realidad. Me acercaba al lugar que había sido mi paraíso como arqueólogo. Y ahora... ¡tenía que destruirlo! Me iba a hacer falta todo mi espíritu militar, que antes no tenía, y obedecer las órdenes para destruir aquello que había intentado recuperar años atrás.
A la vuelta del ataque se nos ordenó, bajo amenaza de consejo de guerra, guardar silencio sobre la operación.
Yo nunca podré olvidar esa destrucción, jamás. Por eso al acabar la guerra y ya desmovilizado, volví todos los veranos a las ruinas de Pompeya para ayudar a reparar los daños de aquel maldito día.
Cuando la salud me falló y las piernas no me respondieron, el gobierno italiano me regaló una silla de ruedas con el objeto de seguir trabajando en recuperar el yacimiento y hacer de guía a los turistas que visitan el monumento.
Y en eso estoy. No me queda mucho tiempo. Pero espero que sea suficiente.
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